Vive el Norte | Feria de Artesanía de La Victoria de Acentejo
1717
single,single-post,postid-1717,single-format-standard,ajax_fade,page_not_loaded,smooth_scroll,,,wpb-js-composer js-comp-ver-4.1.2,vc_responsive
 

Blog

Feria de Artesanía de La Victoria de Acentejo

  |   Artesanía, La Victoria de Acentejo, Reportajes   |   Sin comentarios

Feria de Artesanía de La Victoria de Acentejo

El pasado fin de semana se celebró una nueva edición de la Feria de Artesanía de La Victoria de Acentejo, Tenerife, en la Plaza Rodríguez Lara y alrededores. Este año el evento contó con un monográfico especial dedicado a la carpintería tradicional y un homenaje póstumo a la alfarera vitoriera, Fidelina Gutiérrez Pérez.

Visitamos la Feria y pudimos entrevistarnos con varios de los responsables de la organización de este evento, tan importante para la conservación y divulgación de nuestra tradición cultural.

La tradición alfarera en La Victoria de Acentejo

En los comienzos del siglo XX existían en el pueblo en torno a la carretera vieja seis hornos alfareros, pero ya desde el padrón realizado por Escolar Serrano entre 1793 y 1806 se hace alusión a que las mujeres tejen y hacen loza, significativo de la importancia de esta actividad. De hecho es el único alfar que ha pervivido en la zona norte. Al parecer de tradición antigua, el oficio de locera fue practicado por varias familias reunidas en torno al barrio de La Matosa.

La más vieja de estas loceras fue doña María Mariano pero al no dejar descendencia el oficio desapareció con ella. Otra familia era la formada por las hermanas Juana y María Guillama que aprendieran de su madre. Bárbara González y sus hijas trabajaron asimismo la alfarería continuando su hija Nieves con la tradición.

Pero su máximo esplendor lo alcanzó cuando vivía doña Adela Hernández conocida como Adela Brito, única alfarera antigua de la zona que consiguió darle carácter propio a su trabajo, obteniendo el galardón de la medalla de plata de la isla. El museo de Carta en Santa Cruz de Tenerife, incluso el museo de Berlín exhibe piezas de la artesana.

Fidelina Gutiérrez, ya fallecida, del mismo barrio junto con los descendientes de la anterior conforman el único gremio que pervive. La muerte de la mayor parte de ellas y el abandono del resto hace que actualmente se encuentre en rápida vía de extinción.

Los objetos tradicionalmente elaborados por las alfareras victorieras son tostadores de grano, gánigos, bernegales, tallas, cuencos…

Las alfareras se agrupaban por zonas y por esta razón, hace muchos años, era importante la Cuesta de la Matosa, en La Victoria de Acentejo. La última alfarera que quedaba en esa zona era Adela Hernández. Son ahora sus hijas e incluso nietas, las que continúan  con el oficio.

Fidelina Gutiérrez, alfarera. 

Fidelina Gutiérrez Pérez tuvo un único oficio, la alfarería, profesión que le vino por tradición familiar pues su bisabuela y su abuela lo eran. Ella lo fue desde los ocho años. Todo lo que sabía lo aprendió viendo trabajar a su abuela.

El barro, elemento principal de su trabajo, lo obtenía, en parte, en un terreno propio situado en frente de su casa, barro fuerte, barro arenoso y barro terrento, es en este mismo terreno en el que se encuentra situado el cuartito en el que daba forma a sus piezas. Para conseguir el almagre se desplazaba a la Esperanza  porque  aquí no es fácil conseguirlo “mis padres, mis bisabuelos y yo, íbamos ahí a cogerlo a una cueva”. Cada trozo de barro obtenido hay que majarlo y cernirlo para obtener un grano más fino. Los utensilios de trabajo son cuchillos, estaquillas, mantillas, callados y plásticos.

Para hacer cada una de las piezas, Fidelina primero tenía que mezclar con agua las tres clases de barro de las que dispone y amasarlas bien, hasta que estaba listo para empezar a dar forma a la pieza que le apetecía realizar “hago lo que se me ocurra”. Una vez terminada la pieza le daba el almagre por dentro y le pasaba la mantilla para darle brillo. Seguidamente las dejaba secar al sol durante aproximadamente tres meses y cuando Fidelina creía que se habían soleado lo suficiente, se disponía a guisarlas, para lo que contaba con un horno, en su terreno, cerca del cuartito que utilizaba para trabajar “enciendo el horno a 1000 o 1200 grados durante  dos o tres horas y cuando ya hay cenizas cuando ya se puede entrar, entro (…) coloco la loza”. Luego el fuego se extinguirá solo y es al día siguiente cuando se sacarán las piezas  y ya para vender”.

¡Vive el Norte! ¡El Norte Vive!

Sin comentarios

Escribir un comentario